Cada día observamos con mayor preocupación el incremento de los niveles de inseguridad en nuestras vidas. Directa o indirectamente, muchos venezolanos hemos sido afectados por este fenómeno que siembra el pánico y la impotencia a la ciudadanía. Creo que es un asunto que debe llamarnos a la reflexión y por sobre todas las cosas debe ser sacado de la polarización política que vive el país en la actualidad.
La polarización política produce un efecto contrario a la verdad verdadera. Cuando un tema de tanta importancia se discute en términos de concepciones políticas, la verdad y las soluciones al problema desaparecen o se esconden tras las justificaciones y los filtros ideológicos. Por tanto, esta situación de inseguridad creciente que padecemos todos -seamos oficialistas, opositores o neutros- es algo muy preocupante a lo que hay que atacar claramente con políticas públicas de alto nivel que aborden integralmente este fenómeno cuya causalidad multifactorial le otorga un elevado grado de complejidad.
La inseguridad no es un problema que afecte exclusivamente a una clase social en particular. Ni debe ser tomada en cuenta como una extensión de la lucha de clases que pregonan ideológicamente los seguidores del marxismo-leninismo. Desde un humilde trabajador que por las mañanas muy temprano se levanta para obtener sus sustento y que al montarse en una buseta de transporte público es atracado y despojado de sus pertenencias, hasta cualquier familiar de un comerciante o industrial adinerado que es secuestrado para pedir rescate, muestra una sintomatología de descomposición social y moral que afecta gravemente los principios mínimos de convivencia de la sociedad.
El Estado –constitucionalmente hablando- está obligado a preservar la vida de sus ciudadanos. Con la inseguridad, cientos de venezolanos fallecen cada año. Las respuestas son muy lentas y en muchas oportunidades inexistentes. El sistema judicial no está actuando adecuadamente para enfrentar la situación actual. La actuación de los tribunales deja mucho que desear. Las policías tienen enormes dificultades de dotación y de capacitación de sus cuadros, así como el deterioro salarial de la mayoría de sus integrantes. La coordinación de Poderes no es la más indicada y las cárceles no son precisamente, el centro de rehabilitación y readaptación de la persona por excelencia. En virtud de ello, este es el tema de la agenda administrativa del país. Toda la fuerza del Estado y de la ciudadanía entera debería estar abocada al abordaje del problema de la inseguridad. Pero, lamentablemente, esto no está ocurriendo así. Hoy la agenda del país es otra y el mesianismo humano o ideológico está por encima de la razón. Con la constituyente no resolvimos el problema de la inseguridad en el pasado. Con la nueva Constitución tampoco resolvimos el problema. Ahora se nos plantea que con el socialismo si lo vamos a resolver.
No sé cuándo vamos a aprender que los problemas los resolvemos los seres humanos con nuestro esfuerzo, con nuestra tolerancia y respeto hacia los demás. Los cristales ideológicos están de más. Los ismos por naturaleza son excluyentes. La inclusión es algo que debemos fomentar desde nuestra construcción cultural compartida. La inseguridad nos puede llevar a la anarquía.
La polarización política produce un efecto contrario a la verdad verdadera. Cuando un tema de tanta importancia se discute en términos de concepciones políticas, la verdad y las soluciones al problema desaparecen o se esconden tras las justificaciones y los filtros ideológicos. Por tanto, esta situación de inseguridad creciente que padecemos todos -seamos oficialistas, opositores o neutros- es algo muy preocupante a lo que hay que atacar claramente con políticas públicas de alto nivel que aborden integralmente este fenómeno cuya causalidad multifactorial le otorga un elevado grado de complejidad.
La inseguridad no es un problema que afecte exclusivamente a una clase social en particular. Ni debe ser tomada en cuenta como una extensión de la lucha de clases que pregonan ideológicamente los seguidores del marxismo-leninismo. Desde un humilde trabajador que por las mañanas muy temprano se levanta para obtener sus sustento y que al montarse en una buseta de transporte público es atracado y despojado de sus pertenencias, hasta cualquier familiar de un comerciante o industrial adinerado que es secuestrado para pedir rescate, muestra una sintomatología de descomposición social y moral que afecta gravemente los principios mínimos de convivencia de la sociedad.
El Estado –constitucionalmente hablando- está obligado a preservar la vida de sus ciudadanos. Con la inseguridad, cientos de venezolanos fallecen cada año. Las respuestas son muy lentas y en muchas oportunidades inexistentes. El sistema judicial no está actuando adecuadamente para enfrentar la situación actual. La actuación de los tribunales deja mucho que desear. Las policías tienen enormes dificultades de dotación y de capacitación de sus cuadros, así como el deterioro salarial de la mayoría de sus integrantes. La coordinación de Poderes no es la más indicada y las cárceles no son precisamente, el centro de rehabilitación y readaptación de la persona por excelencia. En virtud de ello, este es el tema de la agenda administrativa del país. Toda la fuerza del Estado y de la ciudadanía entera debería estar abocada al abordaje del problema de la inseguridad. Pero, lamentablemente, esto no está ocurriendo así. Hoy la agenda del país es otra y el mesianismo humano o ideológico está por encima de la razón. Con la constituyente no resolvimos el problema de la inseguridad en el pasado. Con la nueva Constitución tampoco resolvimos el problema. Ahora se nos plantea que con el socialismo si lo vamos a resolver.
No sé cuándo vamos a aprender que los problemas los resolvemos los seres humanos con nuestro esfuerzo, con nuestra tolerancia y respeto hacia los demás. Los cristales ideológicos están de más. Los ismos por naturaleza son excluyentes. La inclusión es algo que debemos fomentar desde nuestra construcción cultural compartida. La inseguridad nos puede llevar a la anarquía.

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